HomePOLICIALES

La historia de Javier, el hombre que murió ahogado por salvar a su perra

07/02/2011 Opina

Hay historias singulares que con frecuencia se producen entre las mascotas y sus dueños. Algunas son repudiables, porque suelen mostrar un grado de salvajismo en el trato hacia ellas.

Otras, como la que relataremos, son entrañables, llenas de ternura y de amor. Ocurrió recientemente en el departamento de San Martín, cuando un hombre murió ahogado por salvar la vida de su perra.

El hecho, atípico, provocó una fuerte conmoción en el populoso barrio San Pedro, en San Martín, donde vivía Roberto Javier Moyano (39).

Su pasar humilde le llevaba a pelearle a la vida buscando ayudar a su familia para llevar cada día el pan a la mesa. Y vaya si lo hacía, porque no le mezquinaba a las changas, que iban desde distribuir boletines en las casas o hasta vender el diario en una parada del carril Costa Canal Montecaseros. Luego incursionó en una radio como operador pero su verdadero sueño era el de ser locutor algún día. Por eso, su voz aún se puede escuchar en algunas estaciones de frecuencia modulada de San Martín anunciando productos y publicidades.

Su familia se componía de su madre Eva Jesús Irusta (78), sus hermanas Graciela (52) y Alicia (48) y un sobrino con quien se disputaba amistosamente la propiedad del can.

Disimulando el dolor, su hermana Alicia lo recuerda como una persona «a la que le gustaba caminar y que se desvivía por la música internacional. Él no hacía problemas por nada, ni por la comida ni la ropa. Jamás se quejaba y siempre estaba de buen humor».

Sus vecinos lo definen como un ser de trato afable y respetuoso, sumamente sociable. Marcelo Valero (33) asegura que era «una excelente persona. En el barrio estamos muy apenados. El venía todos los días a conversar, con muy buena onda. Yo creo que -como Javier- también me hubiera arrojado para salvar al perro, porque uno no piensa que se va a morir en una situación así, sino que busca salvar el animal». Norma, otra vecina, lo recuerda como «una persona muy simpática y sumamente sociable».

Leonardo Cáceres (36), su mejor amigo, lo evoca como «un amigo de toda la gente; era imposible llevarse mal con él. Una persona muy especial. Vos te podías equivocar pero él no te iba a contradecir, te terminaba dando la razón. No conozco a nadie que pueda decir que Javi le hubiera faltado el respeto».

Otra de las cualidades que recalcan sus amistades es el inmenso poder para vincularse con los animales que tenía, como si fuera un imán. «Hay perros que te ladran o desconfían, pero a Javier no; él los podía tocar porque sabía que nada le iban a hacer y los animales también sabían que nada les iba a pasar con Javier», destaca otro vecino.

La anécdota de las sandalias

Como una de las tantas anécdotas que surgen de Javier, Leonardo rememora la que le tocó vivir pocos días antes de su muerte. «Javier deseaba tener unas sandalias de verano y se encontró en la calle, en una bolsa, un par de sandalias que estaban en buenas condiciones, eran de su mismo número y le calzaban perfecto. Estaba muy contento. Cuando falleció, eran las que tenía puestas».

«La perra ve por mí»

Javier salió ese sábado -como todos los días cuando aflojaba el ardiente sol mendocino- a caminar desde su casa del barrio San Pedro, de San Martín, con dirección al centro. Iba con su amiga «Reina», la perra boxer de color marrón con una corbatita blanca, que, según solía comentar, «ve por mí». Es que Javier padecía una marcada miopía que le había disminuido su capacidad visual.

El sábado 27 de enero, cerca de las 22, paseaba por calle Boulogne Sur Mer junto a su perra. Hay versiones que indican que un par de jóvenes se la arrojó al agua y otras que fue el mismo animal el que se metió al canal. Lo que sí se sabe con certeza es que Javier se arrojó a sus agitadas aguas sin dudarlo, cerca de calle Salta, en un desesperado intento de salvarle la vida.

Doscientos metros más hacia el este, en la esquina de la Municipalidad de San Martín, Johny Alcaraz (10), quien paseaba ese día con sus abuelos, describió la situación con la inocencia propia de la edad: «Yo vi cuando el agua del canal se llevaba al hombre. Iba todo mojado y abrazando al perro».

Javier fue encontrado 48 horas después, en un claro de agua de la calle Robert, a unos 8 kilómetros desde donde se arrojó, en el distrito de Alto Verde.

El motivo de su acto de valentía fue su querida perra Reina o «Monita» como a él le gustaba llamarle. Javier murió pero Reina sigue viviendo, aunque su mansedumbre rápidamente le permitió pasar a contar con otros dueños desconocidos.

«Ojalá que la cuiden tanto como lo hacía Javi», comenta en voz baja su hermana antes de irrumpir una vez más en llanto.

Fuente: Diario Los Andes.-