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El Olivo: un barrio que honra la chacra que perteneció al general San Martín

27/06/2011 Opina

En el pueblo de Los Barriales, a unos pocos kilómetros al oeste de la ciudad de Junín y al costado de la ruta 60 hay un enorme olivo cuyo grueso tronco no puede ser abarcado por el abrazo de tres hombres; ese árbol que crece muy cerca del casco original del distrito ya daba aceitunas a comienzos del siglo XIX y dice la historia que perteneció a la chacra que el general José de San Martín supo tener en la zona. Ahora, casi 200 años después de aquello, la planta sigue allí y da nombre a uno de los primeros barrios que se levantó en Los Barriales y que precisamente se llama El Olivo.
«El barrio empezó a construirse a comienzos de los 80 y fue entregado en 1989», explica doña Marta Rodríguez, una de las primeras que se mudó a su nueva casa; eso fue un 20 de setiembre de aquel año pero la mujer recuerda que previamente, cuando el lugar todavía era parte de unos viñedos, los futuros vecinos se unieron para limpiar el terreno y darle forma a los lotes, que fueron administrados por la cooperativa El Pueblo.

La gran mayoría de aquellos primeros habitantes fueron obreros rurales, contratistas y tractoristas; toda gente ligada a la viña y así, en unas tierras que suman cerca de las cinco hectáreas, comenzó a tomar forma lo que sería el primer caserío fuera del casco viejo de Los Barriales; el segundo barrio que tuvo el distrito después de El Olivo se llamó Los Tamarindos y tomó forma al poquito tiempo, en un loteo vecino; después, en menos de quince años se construyeron casi diez más.

«Hoy Los Barriales ha crecido y el distrito tiene mucha vida independiente de Junín, está muy poblado y han aparecido muchos negocios», cuenta Julio Sáez, presidente de la unión vecinal de El Olivo. «Como barrio nos faltan cosas pero hay algo que es fundamental, no solo para El Olivo sino para todo el pueblo de Los Barriales y es una ambulancia para la sala de primeros auxilios» agrega Sáez, piensa un poco y sigue: «Ahora estamos viendo cómo gestionarla y cómo juntar algunos pesos, tal vez con algunas rifas podamos ayudar al gobierno a comprarla».

Don Sáez dice tan naturalmente aquello de ayudar en la compra de una ambulancia, porque en El Olivo, la gente está acostumbrada a darse una mano en las cosas que tienen que ver con el progreso del barrio: las veredas y cunetas las hicieron de ese modo, contratando entre muchos a algunos pocos albañiles y pagando la obra con la plata de alguna rifa comunitaria o la venta de empanadas; también parte de los servicios como el gas y las cloacas llegaron con la colaboración de los vecinos y esa colaboración le resuelve al municipio más de un problema a la hora de gestionar obras.

«Al principio en el barrio solo teníamos agua potable y hasta nos lo entregaron sin luz, que la vinieron a conectar recién a los diez días de que nos habíamos mudado. Durante ese tiempo nos tuvimos que arreglar con velas y lámparas de kerosén», cuenta Norma Vizcarra, que aunque se anotó en el barrio mientras estaba de novia, le vinieron a entregar su casa varios años más tarde, cuando ya se había casado y tenía dos hijos: «La construcción se demoró mucho y hasta estuvo parada algún tiempo por la hiperinflación y esas cosas, pero valió la pena porque las casas son de buen material».

Los terrenos son generosos y las 45 viviendas repartidas en cinco manzanas, tienen lotes que nunca bajan de los 250 metros y que incluso alcanzan los 350; al sur del barrio se construyó más tarde El Olivo 2, una prolongación de otras 30 viviendas edificadas por ayuda mutua, que completan la diagramación de cuadras. «El barrio es unido y nos conocemos todos; además, al estar retirado de la ruta (para ingresar hay que desviarse al sur por calle Democracia) también es tranquilo», dice Denise Santacreu.

Al barrio le faltan muchas cosas y el asfalto de algunas de sus calles está entre las principales; también hay que reparar otras, como son las veredas, que tras 20 años de construidas necesitan de arreglos.

En el 2010 y luego de años de reclamos, El Olivo tuvo finalmente su plaza, con algunos juegos para niños, una pequeña cancha de fútbol y un cerco para proteger al enorme olivo histórico que es orgullo del lugar.

También está allí la perforación de agua que alimenta al barrio y la comisión vecinal espera poder construir en un rincón de la plaza un salón de usos múltiples. «Lo estamos hablando con el municipio», dice Sáez y la idea, una vez más es que la comuna ponga los materiales y la gente la mano de obra.

 

 

Fuente: Diario Los Andes.-