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Caminaron hasta la Difunta Correa durante 5 días a campo traviesa

21/10/2011 2 Comentarios

El hundimiento del crucero ARA General Belgrano el 2 de mayo de 1982, hizo que Eduardo Balada (49), por entonces un inexperto soldado conscripto, se quedara en el continente y nunca llegara a combatir por las islas Malvinas.

«En aquel momento hice una promesa y dije que si me salvaba de la guerra iría a la Difunta Correa caminando», cuenta hoy el hombre, dueño de una parrilla en San Martín y admite que aquel fue un ofrecimiento «muy poco meditado» y que debieron pasar casi 30 años para cumplirlo.

Durante todo ese tiempo Balada tuvo la excusa justa para posponer semejante viaje, ya que no conseguía un compañero de aventuras dispuesto a la caminata y hacer la travesía en soledad, es una experiencia reservada sólo a unos pocos espíritus fuertes.

Eso fue así hasta el año pasado, cuando Eduardo conoció en su parrilla a Rubén Hómola (57), quien para esa altura ya llevaba cuatro viajes a pie a la Difunta Correa; y fue él quien le habló de Miguel Parlante (42), que con una experiencia de 24 viajes a pie a la Difunta (el primero de ellos a los once años), se había convertido en una mezcla de guía de viaje con entrenador personal, para quien se animara a la travesía.

El grupo se completó con Juan Miguel Sosa (50), a quien hace tres años operaron de la columna y aunque le vaticinaron una silla de ruedas, al año siguiente hizo su primer viaje a la Difunta a pie.

El cuarteto partió el miércoles 3 de octubre a las 7 de la mañana desde el Yango, al norte de la ciudad de San Martín, y primero anduvieron por caminos de asfalto, que luego fueron calles de tierra y más tarde huellas o picadas que se fueron abriendo paso entre dunas y algarrobos.

«Desde hace tres años, todos los días camino entre 7 y 14 kilómetros y pensé que estaba entrenado, pero la verdad es que eso no es nada comparado con largarse a andar 200 kilómetros por el campo», dice Balada.

A un ritmo de unos 6 kilómetros por hora y descansando 15 minutos cada 60, el grupo avanzó por Tres Porteñas, Nueva California, Lavalle y finalmente cruzó por un puente hacia San Juan, en medio del desierto.

«¿Lo peor del viaje? Las tremendas diferencias de temperatura entre el día y la noche, y lo irregular del terreno, que puede ir desde la arena a la piedra laja, del ripio a las espinas», cuenta Rubén Hómola, que en un viaje anterior vio con asombro cómo se le desprendía, literalmente, la suela de la zapatilla; por suerte llevaba un par alternativo.

Cinco días de marcha, a veces en fila cerrada, a veces distanciándose unos de otros hasta 500 metros, pero tratando siempre de mantener el ritmo y el buen humor, fue la constante del viaje; por las noches paraban a descansar en los patios de algún puesto que Parlante conocía o en los alrededores de alguna vieja estación de tren.

«Hubo siestas de casi 40 grados y noches de temperaturas bajo cero; también lluvias y fuertes vientos. Dormíamos acurrucados unos con otros para darnos calor, a veces bajo una ramada y otras armando la carpa; recuerdo que una noche me desperté y se nos había sumado el perro del rancho cercano, que también tenía frío», cuenta Sosa.

Ese sábado, el grupo pasó por las Lagunas del Rosario y se quedó participando de la fiesta local; al día siguiente retomaron la marcha y llegaron a la Difunta el lunes, como a las 4 de la tarde. «Es una experiencia única. Usted la puede hacer en bicicleta, en moto o en vehículo, pero ir caminando es demoledor y un desafío personal», cierra Balada.

Fuente: Diario Los Andes.-

 

2 Comentarios »

  • soledad dijo:

    LOS ¡¡¡¡FELICITO!!! Es una experiencia unica y de gran valor y fortaleza, la Difuntita es lo maximo siempre he ido desde chica con mi papas y ahora lo hago con mis hijos es muy milagrosa. Muchas bendiciones y nuevamente Felicitaciones…..

  • Grace Terankaipivo dijo:

    Lo cierto es que la “herida” del Golfo de M