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Ñacuñán: un pueblo de 20 casas en el desierto de Santa Rosa

06/11/2011 1 Comentario

En medio del inmenso desierto que en Santa Rosa se abre paso hacia el sur; allí donde manda el silencio, donde los vientos acompañan el canto de unos pocos pájaros curtidos y las tierras resecas sólo dejan crecer pastos duros, algarrobos y espinas, se levanta también un pequeño caserío llamado Ñacuñán, palabra huarpe que significa «Duro como un aguilucho».

A ese pueblo lo forman menos de veinte casas silenciosas, que se desparraman a la vera de la ruta ganadera 153, a 89 kilómetros al sur de Las Catitas, como quien va para Monte Comán. «Lo mejor que tiene mi pueblo es la tranquilidad», dice Nahuel, que con 24 años anda buscando trabajo para no tener que irse: «Lo peor es la falta de oportunidades». Nahuel es chef y ha presentado un proyecto al municipio para que lo ayuden a abrir una panadería.

Al costado de la ruta 153 hay unas pocas casas, luego viene una plaza sin bancos pero con churrasqueras y columpios; también está el destacamento policial y un control fitosanitario de Iscamen que no contrata personal en el pueblo sino que lo trae desde San Rafael. Después hay una bonita capilla que da misa cada muerte de obispo y un par de despensas que viven, más que nada, de vender refrigerios a los camioneros.

Romina atiende una de esas despensas que, con un par de mesas de plástico, se transforma en comedor al paso; un sánguche de jamón cuesta $ 14 y con la gaseosa son $ 8 más. El negocio de Romina abre parejito desde que asoma el sol y hasta la madrugada.

La mujer coincide con sus vecinos en que lo mejor que tiene Ñacuñán es su gente y pide, también como el resto, que se instale una antena de telefonía, para que el pueblo pueda tener celulares y deje de depender del único teléfono de Ñacuñán, uno semi-público instalado en el centro de salud. «Ese teléfono anda cuando quiere y de todos modos uno no puede ir a molestar a la salita para hacer un llamado a la noche», cuenta Romina.

También hay en Ñacuñán una playa para que los camioneros de la ruta ganadera hagan una pausa y si uno entra por la única calle del pueblo, se encuentra con el centro de salud 75, que no tiene ambulancia y mucho menos un médico todos los días; después la escuela albergue  y al fondo, cerca de un arco de fútbol, un pequeño cementerio de 42 tumbas y algunas flores de plástico; la última lápida es de 1987. «A los que se murieron después los enterraron afuera del pueblo», explica alguien.

Los lugareños como Susana Argüello cuentan que Ñacuñán nació hace 60 años, a comienzos de la década del 50 y que lo hizo como tantos otros pueblos, nutriéndose de la vida pujante que proponía el ferrocarril, con sus cargamentos de alimentos y sus coches de pasajeros.

La mejor época fue entonces en los 60 y 70 cuando los obreros del ferrocarril se fueron asentando en la zona, formando familias y construyendo casas; después vino el cierre de los trenes y la época mala en la que muchos se fueron buscando mejor futuro. Hoy, el lugar parece querer resurgir.

A la escuela Nuestra Señora del Carmen de Cuyo van 28 niños, de los cuales 10 quedan albergados durante la semana por vivir lejos; así pasa con los cuatro hermanitos Farías, que andan a caballo 28 kilómetros desde el puesto donde viven hasta la ruta y otros 60 en colectivo para llegar a la escuela.

Hay obras que una vez construidas sirven para recordar la ineptitud del funcionario que las aprobó, como aquél que puso la firma para levantar la escuela de Ñacuñán, sin tener en cuenta el hecho obvio de que por estar en medio del desierto, el edificio necesitaba de albergues para que duerman los pibes y sus maestros.

Inexplicablemente nunca se edificaron los dormitorios y dos de sus aulas se usan para ubicar las camas, lo que lleva a que a la escuela le faltan espacios para dar clases, que se improvisan en el salón, dividiendo el lugar con armarios.

Hace por lo menos seis años que a la comunidad de Ñacuñán le prometen construir los albergues y todavía no pasa nada, aunque el intendente Sergio Salgado asegura que ahora están por salir a licitación. También hay en la escuelita un calefón solar, donación de la UNCuyo que nadie ha ido a instalar y entonces, los chicos y profesores tienen que turnarse para usar el agua caliente de la ducha. «Acá se mantiene el respeto por la figura del docente, cosa que se ha ido perdiendo en las ciudades», dice Martín, que es maestro de 8º y 9º. Durante el recreo, un grupo de niños juega con autos de plástico, con una pelota y con muñecas.

En Ñacuñán viven unas 70 personas y muchas trabajan en el Estado o en los campos y estancias de las cercanías; por eso, cualquier nuevo puesto que surge es vital para que el pueblo no desaparezca.

José Morales es el presidente de la unión vecinal y pide que los trabajos en el control del Iscamen o en las reparaciones de la ruta 153 se hagan con gente del  lugar. También propone reciclar la basura y que la comuna contrate a algún vecino para que separe lo que se puede recuperar de lo que no. «Sería sólo un puesto de trabajo, pero sería mucho para nosotros», asegura el vecinalista del pueblo.

 

Fuente: Diario Los Andes.-

 

1 Comentario »

  • Ivana dijo:

    Es importante que se nombre a todas las Instituciones de la zona, no solo algunas. Soy Directora del Único Centro de Educación para adultos. CENS Nº 3-495, que bajo un convenio de complementación con el Municipio. El mismo da terminalidad secundaria a la población de Ñacuñan. Estamos trabajando desde el año 2010 en la zona, y durante tres días a la semana, recorremos 200 Km desde San Martín; para ofrecer una educación de calidad en la zona, bajo la modalidad semipresencial. Todos trabajamos con orgullo y empeño por una población alejada, que nos retribuye su cariño y respeto.
    Atte
    Prof. Ivana Lorena Ivanusich
    Directora