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Ayer hotel de crotos, hoy talabartería

11/12/2011 Opina

“A esta altura de mi vida, lo más lindo es poder levantarme cada mañana, venir al negocio y sentarme en esta silla detrás del mostrador, que es como mi casa; después si se vende o no se vende, eso no es tan importante”, dice don Elías Santos Llaver, dueño de una tradicional talabartería en La Colonia, en uno de los ingresos a Junín y custodio de la rica historia que guarda esa esquina y que arranca a comienzos del siglo XX, cuando su padre, don Antonio Llaver Abed, supo administrar el Hotel Taño, al que llegaban inmigrantes, crotos y cosechadores de todas partes.

Hace poco tiempo, el Ministerio de la Producción de Mendoza reconoció por su trayectoria a la talabartería de la Casa Llaver, que también fue en distintos momentos bar, almacén, carnicería, mueblería y bicicletería. “La historia de esta esquina (la de Las Heras y Espejo, frente al canal de riego que es límite con el departamento de San Martín) arranca a comienzos del siglo pasado, cuando mi padre atendía un hotel al que llegaban los crotos que se bajaban del tren”, dice don Elías, que hoy tiene 85 años y a quien la mayoría de los vecinos y clientes conoce como el Turco Taño, apodo que heredó de su padre y que también lleva el negocio.

En aquellos primeros años del siglo pasado, a la estación del ferrocarril, que está ubicada a solo una cuadra de allí, llegaban los cosechadores que buscaban ganarse el mago durante la temporada y que, por unos pocos centavos, se hospedaban en el hotel Taño, más barato (y precario) que el de los inmigrantes, que quedaba a la vuelta.

“Por día, mi viejo llegaba a tener unos cien clientes y mi madre los ubicaba según la plata que tenían para pagar”, cuenta Elías y entonces dormir en el patio, sobre piso de tierra costaba 5 centavos; por hacerlo bajo el techo de la galería el Turco Llaver Abed pedía 10 y si uno tenía 20 centavos podía darse el lujo de dormir adentro del galpón. “Al día siguiente se les daba algún mate cocido o un vino como desayuno y ya estaban los camiones en la puerta, esperando para llevar a toda esa gente a las fincas de la zona”.

En los años ’40, a Elías Llaver le tocó la colimba y cuando volvió de cumplir con la patria se puso un almacén, que aunque no duró demasiado le sirvió para aprender el oficio de comerciante. “Yo no he tenido una juventud de amigos; nací aquí y estuve detrás de este mostrador todos estos años”.

Después del almacén, hubo en esa esquina una carnicería, más tarde una mueblería y después una bicicletería a la que don Elías le fue sumando cuestiones de la talabartería y así, poco a poco, las cosas del campo fueron ganando espacio hasta quedarse con todo el local.

Recorrer la talabartería del Turco Taño es encontrarse con todos los implementos necesarios para el caballo y con la vestimenta del gaucho y del obrero rural; al fondo hay un probador y también un pequeño taller donde se reparan monturas y arneses. En esas vitrinas bajas que dan forma a los pasillos hay a la venta cosas insólitas como un reloj de bolsillo usado, un juego de pesas de balanza, una radio a válvulas y también una campana de bronce.

-¿Don Taño, cuánto sale un buen cuchillo?

-Uno bueno no tiene precio y sale lo que el artesano pide; pero uno más o menos decente y con algún detalle en alpaca puede andar en los 200 pesos.

A media mañana llegan dos clientes venidos desde Luján y buscan un juego de arneses que le han encargado al Turco Taño en los días previos. La venta es de unos mil pesos, los hombres pagan, cargan el equipo en una camioneta y se van. “Viene gente de todos lados”, dice Elías Llaver y es cierto nomás porque al rato entra Juan Notta, que es médico, que tiene una finca y también unos caballos; el hombre anda buscando unos tiros para uno de sus animales.

Mientras paga, habla un rato de las bondades del caballo peruano para los viajes largos y después se va; el que llega entonces es Carlos Dávila, un vecino que tiene 90 años y que conoce al Turco Taño desde hace 65; todos los días se juntan a charlar y a leer el diario.
La hija de Elías se llama Ramona y lo ayuda con el negocio; desde el fondo del local levanta la mano con algo en ella y pregunta el precio, el Turco mira, calcula en el aire y contesta: “Sale 50 pesos, pero dejaselo en 45 nomás”.

-¿Y dígame, algún día piensa jubilarse de la talabartería?

-No creo mi’jito; esto es mi vida y esta esquina es mi lugar en el mundo.
El tiempo sigue viaje hacia el mediodía y los clientes, los amigos y la charla se renuevan en lo del Turco Taño, como ya ocurrió ayer y como seguramente ocurrirá mañana.

 

Fuente: Diario Los Andes.-