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Malvinas a 30 años de la guerra

02/04/2012 Opina

La cuestión Malvinas como causa nacional y popular se vertebró en la cultura política de los argentinos en la primera mitad del siglo XX, en sintonía con la expansión y madurez del sistema educativo nacional, y la resignificación de la concepción unanimista de la Nación acuñada en el siglo XIX, que resultó articulada en las democracias de masas lideradas por Yrigoyen y Perón. ¿Cómo se produjo ese tránsito?

Vale tener en cuenta que la ocupación del archipiélago por parte de los ingleses, en 1833, había dado origen a la gestión promovida por Rosas y el delegado de la Confederación en Londres, Manuel Moreno, quienes habían planteado al gobierno británico una “transacción pecuniaria” para vender las Malvinas, y con ese importe pagar la deuda contraída en tiempos rivadavianos (Carretero, 1979).

En rigor, la estrategia oficial de 1838 reeditaba una práctica frecuente en aquella primera era de las nacionalidades, cuando los derechos territoriales de las flamantes naciones entraban en tensión con la concepción patrimonialista de los estados dinásticos. Un conocido ejemplo de esas vigencias lo constituye la venta de La Florida por el recién restablecido monarca español Fernando VII al gobierno norteamericano liderado por el presidente Madison, quien asumió el compromiso de quitar todo tipo de apoyo a los bastiones insurgentes hispanoamericanos que bregaban por clausurar el poder colonial de las antiguas posesiones españolas en América.

Aunque hubo quienes arguyeron que la “estratagema” ideada por Rosas buscaba obtener del gobierno inglés el reconocimiento de los derechos soberanos de la Confederación sobre las islas, la frustrada gestión oficial y la completa ausencia de otras posteriores pusieron al descubierto que el tema Malvinas no ocupaba un lugar relevante en la agenda oficial, y que el litigio con los ingleses no contaba con ningún arraigo popular.

En los años siguientes, el tema Malvinas estuvo encapsulado en los ambientes o círculos de la cultura letrada, aunque fue adquiriendo mayor relieve en la agenda pública a instancias de los principales exponentes del nacionalismo liberal, que incluye la saga que va desde Alberdi al mismísimo Julio Roca. Desde luego el contexto en el que se inscribía era muy distinto.

A esa altura, la escalada de competencia entre los nuevos y los viejos imperios europeos, la proliferación por todas partes de pasiones nacionalistas, los ajustes y desajustes nacionales y regionales que resultaron de la inserción de las economías latinoamericanas en el mercado mundial, y la creciente transformación de la sociedad argentina a raíz de la gran expansión y el arribo de contingentes enormes de inmigrantes europeos, hizo prever la puesta en marcha de un arsenal de leyes, instituciones y símbolos nacionales con el objetivo de  “argentinizar” a los vástagos de los recién llegados que pululaban en las ciudades y los campos argentinos.

Desde entonces, la escuela y el servicio militar obligatorio se convirtieron en usinas generadoras de sensibilidades patrióticas destinadas primordialmente a crear canales de integración social, y afianzar identidades políticas con el Estado nacional en detrimento de constelaciones identitarias (e ideológicas) afirmadas en otras patrias (europeas o latinoamericanas), o en identidades obreras o de clase (especialmente las consignas internacionalistas de los anarquistas, quienes lideraron la protesta obrera hasta las trágicas jornadas patagónicas de 1921 y 1922).

La erección de monumentos en la casi completa geografía nacional, como la proliferación de estatuas conmemorativas de los padres fundadores de la nacionalidad argentina en cada plaza o rincón del país, se convirtieron en testimonios elocuentes de esas urgencias, conducta que fue acompañada de una rica, variada y diversa producción escrita y estética que tuvo como protagonistas a escritores y artistas, nativos y extranjeros. Escribir, esculpir, pintar la Argentina y representar su territorio en mapas, con sus promesas y sus deudas, vertebró el debate intelectual y político en la bisagra de los dos siglos.

Fue justamente en ese clima cuando la cuestión Malvinas fue recolocada en la clave política y cultural que, en la práctica, justifica hasta hoy el reclamo del Estado argentino sobre el archipiélago. Paul Groussac, el siempre evocado escritor francés emigrado a la Argentina y convertido en director de la Biblioteca Nacional, habría de ser el que plasmó en letras de molde el argumento de continuidad territorial de las islas con la Patagonia, la cual, vale recordar, había sido  incorporada a la jurisdicción estatal una vez concluida la violenta campaña militar que puso término a “la cuestión indígena”.

Aunque el ensayo de Groussac, Les Isles Malouines (1898), tuvo escasa difusión por estar escrito en francés, el argumento contribuyó a sedimentar la opinión de las dirigencias liberales sobre la cual pendía todavía el litigio de límites con Chile, cuya resolución pacífica en 1902, bajo la segunda presidencia de Roca, había demandado intensas negociaciones con el gobierno chileno en medio de un efervescente clima bélico y escalada armamentista.

Sin embargo, el paso innovador dado por Groussac de colocar a Malvinas como pérdida y como derecho, como territorio irredento que exigía ser reconocido y recuperado, sólo consiguió convertirse en causa nacional y popular a mediados de los años treinta, cuando el conglomerado nacionalista y liberal en el que había cuajado la invención de Groussac, había cedido terreno a favor de vertientes  nacionalistas antiimperialistas, que en sus variantes de izquierda o de derecha pusieron en entredicho la gravitación de Gran Bretaña en los asuntos argentinos.

Esa clave interpretativa fue la que condujo al líder socialista Alfredo Palacios a proponer, en 1934, debatir la soberanía argentina sobre las islas en el Congreso Nacional, después de haber puesto su pluma al servicio de la denuncia de las conflictivas relaciones establecidas entre el gobierno argentino y el británico, que habían quedado refrendadas en las cuestionadas condiciones del comercio bilateral rubricado en el tratado de 1933.

En esa atmósfera de desencantos sobre el futuro de la nación que habría de inspirar a los poetas a componer más de un tango nostálgico por el amor y el honor perdido, y en medio del sombrío panorama de la República restaurada asolada por la depresión económica y el desempleo, sostenida por el fraude y viciada por escándalos de corrupción, el Congreso Nacional hizo suyo un nuevo proyecto presentado por el mismo Palacios que proponía no sólo traducir el ensayo de Groussac sino incorporarlo en la currícula escolar primaria.

Poco después, en 1941, el gobierno escolar hizo del tema Malvinas un contenido obligatorio de enseñanza, contribuyendo decididamente a convertirlo en emblema de las deudas y promesas nacionales. En 1978 cuando las dictaduras más sangrientas de Argentina y de Chile habían militarizado sus fronteras por el litigio limítrofe pendiente sobre el Canal del Beagle, los manuales escolares exacerbaron la tesis de la usurpación inglesa sobre el archipiélago, por lo que no resulta sorprendente comprender la centralidad de esa larga tradición escolar en la nacionalización de la cuestión Malvinas, y en la fervorosa adhesión social y política que el desembarco de las tropas argentinas en las Islas despertó treinta años atrás.

 

Fuente: Diario Los Andes.-