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Feroz asalto a una familia de chacareros para robarles $ 8.500

24/04/2012 Opina

Desde hace más de diez años, la familia Subía atiende una pequeña chacra al norte de la ciudad de San Martín. Son trabajadores norteños, de pocas palabras pero muy laboriosos, que venden en la feria lo que producen con esfuerzo en el campo y que nunca, hasta ahora, habían tenido un problema grave de inseguridad.

Eso cambió en la madrugada de ayer, cuando tres delincuentes armados asaltaron a los Subía en su casa del distrito de Chapanay y les robaron ropa, celulares y más de $ 8.500. La banda escapó en una camioneta que también le robaron a la familia y aunque el vehículo apareció un rato más tarde, no muy lejos de allí, de la plata y de los ladrones no hay noticias por el momento.

«Patearon la puerta de la casa y entraron. A esa hora estábamos casi todos durmiendo y nos fueron sacando de las piezas hasta el comedor, y allí nos ataron», recordó Jonathan Subía, un muchacho de 20 años que junto a sus siete hermanos, sus padres y dos obreros que ayudan a la familia en la cosecha de tomates, vivieron durante más de una hora el terror de un asalto que nadie sabía cómo terminaría.

El atraco arrancó pasada la medianoche, cuando tres delincuentes llegaron caminando por una oscura calle de tierra y sin mediar palabras encañonaron a dos obreros que a esa hora terminaban de acomodar unas cajas de tomates en uno de los patios de la vivienda.

La chacra de los Subía queda sobre la calle Pizarro, una zona rural de vecinos distantes, donde se hace difícil saber lo que está ocurriendo en las casas aledañas; así y una vez que la banda redujo a los primeros hombres que encontró afuera de la vivienda, ingresaron a la casa pateando la puerta y en pocos minutos, casi todos fueron llevados al comedor.

«Mi hermano más chico siguió durmiendo en su cama, pero al resto nos sacaron y nos ataron», agregó el muchacho.

«Quietos o los matamos»

«Quédense quietos o los matamos, es así de cortita la cosa», dijo el único de los tres asaltantes que no cubría su cara con un trapo, y enseguida comenzaron a llover golpes sobre los varones, para que alguno entregara el dinero.

«Lo único que teníamos son los ahorros de lo que se va juntando con el trabajo», explicó Jonathan, y siguió: «Al final mi papá les terminó dando el dinero porque eran muy violentos, estaban enojados y no sabíamos en qué podía terminar».

La banda se alzó con más de $ 8.500, algo de ropa y los celulares. «Buscaban por toda la casa y a cada rato alguno de ellos nos amenazaba con el arma y nos decía que nos íbamos a morir porque no les estábamos dando todo el dinero», contó Eliana, que tiene 18 años de edad y es hermana de Jonathan.

Después de más de una hora de revolverlo todo, de apuntarles con las armas a las cabezas infinidad de veces y de golpearlos sin necesidad, ya que todos estaba atados y reducidos en el suelo, los tres delincuentes decidieron escapar, y completaron la tarea haciéndolo en la camioneta F100 de la familia.

«Eran gente joven, calculo que tenían menos de 30 años, pero no reconocí a nadie. La verdad es que pasamos un momento muy embromado», explicó el muchacho, que contó toda la historia como en susurro y en medio de largas pausas y silencios que delataban las pocas ganas y el miedo a recordar.

A la camioneta la encontró la policía, un rato más tarde, abandonada a unos pocos kilómetros de allí, sobre la ruta 7, pero nada se sabe de los delincuentes ni del dinero robado.

 

Fuente: Diario Los Andes.-